La decisión
Sonaba Rodrigo Bueno en el grabador. Habían pasado veinte días del veinte del diez del diez. Aquel miércoles de la década no ganada, la radio apostaba por el calor, pero con la debacle llegó el frío. El desastre se anunciaba en el aire sin señales de humo. Columnas humanas se desplazaban buscando espacio.
Mientras la cumbia villera hacía su magia, a Elsa planeaban desconectarla. Vanesa le pedía que la pellizque. La doctora le daría la razón, por primera vez. Pitrola le había regalado el grabador. Mariano ya no estaba. Afuera del Argerich había guardias mientras Vanesa se batía a duelo con los médicos. “No voy a escucharlos porque te tiran todas pálidas”, decía. En tanto loca, estaba convencida que no eran reflejos. Elsa estaba viva contra toda medicina.

19 de octubre de 2010. El día previo. Elsa Rodríguez organizaba por teléfono a la gente del Polo Obrero para ir a la marcha. “Le habían dicho que no fuera, que era para hombres, pero ella dijo que iba a ir igual”, relata Vanesa Lourdes Miranda, sostén principal de su madre. Aunque Elsa tiene siete hijos, es Vanesa quien ejerce en soledad el reinado de la descendencia; la misma que la acompañó cuando llegó desde su Uruguay natal en 1984, con siete bocas bajo el brazo. Para entonces, con apenas 30 años, aquella mujer ruda ya había perdido la cuenta de las puertas que había golpeado sin que ninguna se abriera. La riqueza del país estaba bajo llave.
“Elsa tenemos tres actividades mañana, ¿cómo vas a hacer?”, recuerda haberle dicho Edgardo Mari desde Florencio Varela, un dirigente del PO que conoce a Elsa desde hace más de 20 años. Podía elegir estar presente en una jornada tras el Primer Encuentro de Mujeres en Entre Ríos o gestionar los alimentos en el Municipio de Berazategui. Pero, “se empacó y dijo ‘no voy a ir, -en cambio-, sí voy a defender a los trabajadores ferroviarios tercerizados para que pasen a planta permanente’. Se terminó la discusión ahí”, recuerda Edgardo. Elsa sabía que tenía que estar ahí, en el piquete del tren.

20 de octubre de 2010. El aire sonaba pesado como presagiando el caos. Las organizaciones locales se encontraban a la vuelta de la estación Avellaneda (hoy Kosteki y Santillán), aspirando al corte de vías. Harto sabido es que los tercerizados del ferrocarril veían el detrimento de sus condiciones materiales cobrando una tercera parte de lo que les correspondía. Se avizoraba a las patotas reclutadas por la Unión Ferroviaria integradas por los barrabravas de distintos clubes de fútbol.
Se terminaba la movilización en sentido a Barracas. La patota arriba. La Bonaerense abajo. La marea humana en la calle. Primer intento de subir a las vías para realizar el corte. La lluvia de piedras se toparía con una tormenta de postas de goma. Y todo bastó para replegar. El resultado: varios militantes heridos, entre ellos Elsa. Por eso, se decidió frenar la acción.
“Vas con los compañeros al Hospital” fue la indicación para Elsa, que debía curarse las heridas. Ingobernable, otra vez desoyó, eligió y “se quedó. Si se hubiera ido…”, analiza a la distancia Edgardo, pensativo.
Fue cuestión de segundos para que sobreviniera el desastre: “Empieza a bajar la patota a la vía. Corren los patrulleros de la Federal. Armamos cordón de seguridad, se nos vino encima y ahí estaba Mariano Ferreyra. Aguantamos todo lo que pudimos. Miro a un trabajador ferroviario y le digo: ´Sí, nos están tirando con balas de plomo´. Empezamos a tirar piedras para avanzar. Se generaron disparos y uno le impactó a Mariano en el abdomen, en la esquina de Pedriel y Luján. A Elsa, que estaba 200 metros más atrás, otro le impactó en la cabeza. ´Ustedes son responsables y van a tener que rendir cuentas´, les dije”. Retrocedieron, pero ya era tarde. “Ahí me encuentro con el desastre, ese que lees en los libros, pero para el que no estás preparado: perder compañeros”.

“Era la mañana del 20 y me agarra una puntada en el pecho. Le digo a mi marido ‘algo le va a pasar a mi mamá’. A las dos horas me llaman del Argerich y me dicen, ‘¿sos la hija de Elsa? Ella tuvo un accidente de bala. Entró con tu nombre’. Ahí fue un descontrol. Cuando la vi estaba irreconocible”, recuerda Vanesa conmocionada. “Mami, mami, soy La Vanesa”, relata que le decía.
Tras varios meses en cama, Vanesa preguntó: “¿Cómo hago para sacarla de acá?”. Le respondieron que podía llevarla los viernes y regresar el domingo. Solo alcanzó un fin de semana: Elsa no volvió más. “Que se vayan todos al carajo”, dijo como pudo. Su hija le respondió: “Si la bala no te mató…”. Hay Elsa para rato.
“Vanesa decía ´mi vieja no se va a morir´, y tuvo razón”, relata Edgardo, tras acompañar todo el proceso de recuperación.
Elsa tiene afasia. Perdió el habla y la movilidad de un brazo. Además posee una valva ortopédica en el tobillo que busca compensar su dificultad para caminar. Pasa sus días en una silla de ruedas y se vale de un bastón que utiliza de manera intermitente y por corto tiempo.

Argentina de 1984. Se cumplía el primer año del gobierno en democracia; se entregaba el informe del Nunca Más; había consulta popular por el conflicto del Canal de Beagle; se creaba el Plan Alimentario Nacional (PAN) y la inflación volaba al 600%.
En ese contexto, llegaba Elsa Rodríguez al barrio Bustillo con un desafío por delante. Era migrante, mujer e indocumentada en este querido país que tenía demasiado en carne viva las consecuencias del terrorismo de Estado.
Con siete niños a cuestas, hijos de un padre que los había abandonado, “todos le cerraban las puertas en un país que no era de ella. Estuvo golpeando puertas en el Municipio de Berazategui. Después se le prendió fuego la casa y no le quisieron dar chapas porque no tenía documento”, explica Vanesa, recreando lo duro que fue el desembarco.
La casa era de machimbre. Siguieron con medio pallet y sin techo. Sin nada. Con el correr del tiempo, apareció el trabajo, siempre en la informalidad porque al momento de pedir documentación, las chances se esfumaban. “Betty, del Polo Obrero, se compadeció de mi mamá y le dijo si quería incorporarse”, recuerda Vanesa. Eso explica por qué defiende al PO con “uñas y dientes”, como afirma Edgardo mientras Vanesa refiere que “nunca abandonaron a mi mamá” y hasta le construyeron una casa de material adaptada a las nuevas circunstancias de su salud. “Hasta el día de hoy, ella quiere ir a las marchas”, reafirma la hija de Elsa.
Tiempo después de sus inicios como piquetera, empezó a armar “El Rayito de Sol”, un comedor que llegó a alimentar a 90 chicos y chicas. “El Polo nunca le cerró la puerta por no tener documento. Pasó mucha necesidad mi mamá en este país. Hasta los vecinos nos daban vuelta la cara porque éramos negros muertos de hambre. Mucha discriminación tuvimos”, relata Vanesa.
Su madre tuvo que abrirse paso como pudo y “fue ruda con nosotros para que estemos en camino. Nos crió a veces sin tener algo para comer. Para mi todo esto fue ayer, es hoy. No me lo puedo sacar de la cabeza. Pero nunca agarramos la droga ni el choreo”.

Gabriela De La Rosa es profesora de Artes Visuales y conoció a Elsa en su versión post-Barracas. Primero se involucró en la lucha estudiantil y a mediados de 2010 se incorporó al Partido Obrero. Recuerda la campaña visual de Justicia por Mariano y Fuerza para Elsa y las guardias en el Hospital cuando estaba internada en Terapia Intensiva con pérdida de masa encefálica sin que le dieran esperanza de vida. Pintó enormes murales para que permaneciera vivo el recuerdo. “Hay un Mariano gigante de seis metros en la sede de La Matanza del Polo”, certifica.
Habla del movimiento piquetero como un espacio integrado mayormente por mujeres migrantes. Y considera que es esencial la permanencia en las calles y los barrios. “Al régimen social capitalista le molesta que la clase obrera se organice de forma independiente de partidos patronales. Elsa no se entregó a la burocracia sindical. Se movilizó por el trabajo genuino”. Está convencida de que la mano de obra barata termina organizando la lógica capitalista de reproducción de riqueza y cuando se cuestiona, se pone un freno con la religión, la iglesia o los partidos del poder. Cosas invisibles pero que están ahí. “Elsa es ejemplo de lucha y por eso la reivindicamos”, enfatiza.
Las organizaciones tienen ese contenido de enseñanza, “y en esa motorización están las mujeres con el cuestionamiento al Estado. No sólo organizan un guiso en un barrio. Todas esas Elsas que están cocinando en una olla popular además organizan asambleas y marchas para sacar adelante su familia. Es un campo de disputa”.
“Que la gente odie, sale más barato que discutir la paritaria”, asegura Gabriela mientras reconoce a los desocupados como el ejército de reserva cuando se requiere bajar el salario. Sale más barato generar como enemigo externo a tu vecino paraguayo que a Donald Trump, lanza. “Elsa no tenía que estar ahí el 20 de octubre, pero tuvo un acto de conciencia de clase extraordinaria”, dice Gabriela y coincide con Edgardo “con el tiempo con su comprensión, elevó la conciencia”.

Elsa llegó a este mundo el 18 de julio de 1954, un día y un mes que cobraron otro sentido después de Barracas. Ahora, cada 18 de julio es un resurgir. Para esa fecha la visitan todos: Chiquito, Pitrola, Edgardo, Gabriela y el resto de sus compañeros. “Se metió en el Partido. Le encantó y nunca la discriminaron. Era una familia más”, dice Vanesa. La conexión entre ambas, madre e hija, es inexplicable. Sobre los seis hermanos que faltan, nadie habla: “Todo esto tiene su vuelta, hoy o mañana”, sostiene su mamá.
Hace una semana quiso hablar de su muerte. “‘Quiero que me velen en mi casa. Quiero bombos del Polo Obrero y cuando lleguemos al cementerio, en silencio. Vos andá al cementerio y preguntá’. Y yo fui”, confiesa la “hija única”. Vanesa siempre le hace caso a Elsa pero no se da la situación al revés. “No hace caso a nada. Pero cuando hay que decidir dice ‘hablen con Vanesa’. Yo digo que el Polo es una familia pero mi mamá dice que ‘el Polo es mi marido, es el único que me gobierna’”, asegura firme entre sonrisas.
A 16 años de aquella emboscada fatal, Elsa pide que le ayuden a recordar aunque, a decir verdad, nunca perdió la memoria. Mientras suena de fondo Pibes Chorros, a sus 72 años bate sus brazos cantando por Mariano.
Durante toda su vida a Elsa se cansaron de decretarle posibles escenarios: que no vaya el 20 que era cosa de hombres o que se retirara con los heridos… Sin embargo, el plomo la alcanzó a los 200 metros. En el Hospital ya habían decretado que no saldría, que su cuadro era cuasi irreversible.
Pero a Elsa qué le van a decir que ya no hubiera vivido. Ella siempre tomó la decisión de permanecer, al igual que hace 42 años cuando pisó por primera vez Argentina y adoptó como propio a su querido barrio Bustillo. En aquella primavera democrática y en cada prueba que decidió sortear, la cuenta ha sido clara: cuántas más puertas se cierren, más Elsas habrá.
(Texto confeccionado especialmente para un concurso literario bajo seudónimo. Autora: Soledad Bavio)
